Esta es la historia de una pequeña personita.
Una personita que le temía a todo.
No prendía la luz por miedo a electrocutarse
ni soñaba por miedo a que los sueños fueran mucho más interesantes que su vida real.
No pescaba: el pescado podría golpearla en la cara quitándole un ojo o del susto tropezarse y caer sobre una familia de tiburones hambrientos (quién sabe...) Los tiburones van siempre hacia adelante, me contaron.
No salía a caminar por miedo a enamorarse fugazmente de una persona y no volver a verla
ni cocinaba por miedo a que se le queme la comida y generalmente, se le quemaba.
No veía películas por miedo a llorar, asustarse o reír demasiado y sufrir de un ataque respiratorio, o algo así;
ni sonreía por miedo a arrugarse prematuramente y generalmente no lloraba por miedo a entristecer y quedar en una especie de coma melancólico.
No planchaba su ropa por miedo a quemarla
ni llamaba por teléfono por miedo a que nadie responda (y generalmente no escribía cartas porque existía la posibilidad de que en la oficina de correo las extravíen y así, todo lo que escribió se pierda entre correspondencias)
No tenía mascotas porque se desacostumbraría a la soledad y éstas, algún día, morirían.
No tenía timbre por miedo a que lo utilicen los testigos de Jehová
ni gritaba por miedo a que lo escuchen.
Un día dejó de cepillar sus dientes por miedo a manchar con dentífrico su camisa favorita
y dejó de caminar por miedo a tropezar fatalmente y fracturarse, o perder alguna extremidad.
Dejó de mirar su serie favorita por miedo a que la cancelen y llevarse una enorme decepción. Con el tiempo dejó de tener series favoritas.
(Es así, al igual que esta personita, como todas las personas dejamos de cepillar nuestros dientes y permitimos que el miedo se convierta en el marco de nuestros días.
Las personas tienden a asustarse ante el posible fracaso, y descartan así, toda probabilidad de triunfo.
Y así como la plancha, el timbre, los condimentos y las cartas, el intento suele ser más valioso que el resultado.)